arielcolumna1x

YUNTA

El tiempo corría plácido y desapercibido en Punta Negra, quebrado esporádicamente por las zafras loberas y las arremetidas de turistas que, hambrientos de sol, yodo y sal, no escatimaban esfuerzos y cosméticos para volver a casa con el bronceado perfecto.  Estos dos hechos, aunque aislados, uno en verano y el otro en invierno, eran la razón principal del pueblito costero que perdido entre altas dunas, aún conservaba su paisaje pesquero.

Sus ranchos, rústicos por bohemia o la necesidad, mostraban señales evidentes de un particular anarquismo playero. Solamente el faro y el almacén otorgaban un orden diferente al pueblo.  Los varaderos y saladeros estiraban rústicos varejones resecos, entre los cuales a veces crecía una huerta escasa de verde y agua fresca.  Redes, boyas, palangres, aparejos y trasmallos, esparcidos entre los ranchos, contribuían al aroma recio y penetrante del charque.

Los botes eran los únicos que mostraban simetría en aquella pintura anacrónica.  Todos miraban al mar, perros fieles esperando ansiosos la orden del dueño para lanzarse al agua y nadar.

 

la foto

 

Por un lado, la punta se unía a una playa interminable y monótona.  Por el otro, sus piedras negras y redondas continuaban un largo trecho encimándose unas a otras, a veces confundiendo su lomo terso y brillante con los lobos.  Esas rocas, pulidas por milenios de mar bravío, contrastaban marcadamente con el verde jaspe del océano, dándole un aspecto inhóspito a la península.  Ayudaban a esta impresión, las nutridas colonias de lobos, que con aullidos y machos amenazadores, mostraban a los curiosos quiénes eran los dueños indiscutidos del agreste territorio.

Luego del trecho rocoso, se extendía una bahía larga y espaciosa apretada entre los verdes de acacias, pajas bravas, y el esmeralda atigrado del océano.  En el medio de la ensenada, el color del agua variaba paulatinamente por la vertiente de un arroyo  cuyo sinuoso cauce desalojaba el caudal de una laguna distante a unos dos kilómetros del pueblo.  Hogar de siríes y garzas de cuello blanco, este ojo de agua dulce era la delicia de los visitantes, ansiosos de refrescar la piel curtida por la sal del océano o refugiarse en sus frescas riberas del soplete implacable del sol estival.

Punta Negra, aislada del mundo, ignorada por agencias de turismo y especuladores, era un oasis para comulgar con la Naturaleza.  En la época de la colonia, había sido enterradero de contrabandistas, matarifes y desertores.  Paulatinamente se había transformado en pesquero y luego del tercer naufragio, la Marina decidió proteger las vías comerciales construyendo un Faro.  La modernidad le otorgó, entre susurros secretos, refugio a poetas, bohemios, hippies, buceadores, surfistas, artistas, en fin todos aquellos que necesitaban abrir la cabeza, alejarse del ruido o simples curiosos que sabían identificarse con el pulso vibrante y recio del mar.  Podría decirse que Punta Negra ejercía una atracción magnética sobre todo aquel que pisaba sus playas por vez primera.  Sus cielos eran azules sin velos y sus noches de infinitas estrellas titilantes.  No había otros atardeceres como los que se veían desde la Roca del Indio, lugar “donde bajaba mucha energía”, al decir de los místicos.

Ni que hablar de sus cholgas y mejillones, prendidos como profusa alfombra al lecho rocoso y de donde la punta había tomado su nombre.  Hasta el faro, blanco dedo apuntado al cenit, era diferente a los demás.  En la base de sus muros, cual moderna pirámide maya, desplegaba profuso y colorido graffiti.  Allí habían trascendido al tiempo, cruces, svásticas, corazones flechados, nombres y alias, poesía barata, propaganda política, frases de Artigas, olas sicodélicas, el Che, Neruda y algunas breves firmas de famosos.  Era parte del patrimonio de Punta Negra.  Cuando se pintaba el faro la prolija línea de cal era calculada meticulosamente para que llegara al mural, dejando el suficiente espacio para ver y hacer.

 

Foto Albert Ibánez Fuica

Foto Albert Ibánez Fuica

Pese a lo improvisado que pareciese, la voluntad de registrar algo personal en el muro, el espíritu mágico que tocaba a todos en ese lugar, hacía que se guardase un respeto invisible, casi solemne por lo estampado anteriormente.

Solo un nombre faltaba en la selva de cal, tinta y aerosol.  Un nombre que ya era parte autóctona de la Punta.  Como los lobos, las rocas, los mejillones y la laguna, el Chato Acuña no necesitaba figurar en el muro para ser reconocido en la familia puntanegrense.  Mecánico por herencia, su padre lo llevaba de niño a pescar corvinas y pejerreyes al Río de la Plata.  Aprendió a chapotear junto a los gurises de la costanera del barrio Sur.  El caluroso taller paterno del Cordón, estaba cubierto de viejas Playboy y olas exóticas.  El Chato descubrió el surfing en un atardecer de mate y tortas fritas, en la desembocadura del Solís Grande.  Su abuelo había sido de los primeros fundadores del balneario y su rancho, todavía en pie, era destino preferido de la familia en vacaciones.

De allí en más, los fines de semana apuntaba al este y no paraba de surfar hasta el lunes. Acompañando a su padre, conoció Punta Negra, sus corvinas y las excelentes olas que rompían tanto sobre la restinga rocosa como en la desembocadura del arroyo.

Numerosos eran los cuentos acerca del Chato y sus arriesgadas maniobras para dominar las imponentes crestas de la restinga o cuando decidía encerrarse en los huecos de mar de fondo frente a la barra.  Sobretodo en el tiempo dónde los pescadores se reunían sobre los médanos y decidían llamar a la Prefectura para que rescatara al barbudo náufrago y su “bote”.  Habían visto jugar con las olas a los lobos y toninas, pero nunca a cristianos.

Comenzó a ganar su respeto cuando durante un suroeste arrachado, con su desteñida tabla, rescató a dos pescadores de la chalana semihundida que arrastraba la corriente.  También arregló varios motores fuera de borda averiados y en los días chatos ayudaba a los pescadores a tirar la red, preparar los palangres, calafatear botes y a cortar y salar bacalao.  De ahí le quedó el sobrenombre.  Poco a poco, fue metiéndose en la magia de Punta Negra y en el corazón de su gente

Y así fue que un buen día, saturado del olor a valvulina quemada y sudor grasiento, dijo adiós al barrio, eligió terreno cerca de la laguna y con la ayuda de algunos vecinos levantó su rancho de bloque y quincha mirando al norte.  Es que, acostumbrado a playas solitarias, aún la lejana Punta Negra le parecía un lugar muy concurrido.  Alma de asceta, amaba la brisa entre los pinos, el croar de las ranas y el lejano rumor de la rompiente mientras leía un buen libro.  O mateaba en la quietud del ocaso.  O se perdía en el lejano horizonte.   Ese era su mundo.  Paisaje que calaba muy hondo y que lograba descifrar con claridad.  El cemento y el humo nunca habían sido lo suyo.  Desde aquellos días de murallón y risas interminables, el río lo seguía hasta lo más profundo de sus sueños.

“¿Y,  trabaja…?” le había dicho el Comisario al Intendente, comentando su notoria popularidad.

“!Hace de todo y …nada!!” contestó sonriendo el otro, mientras sorbía su cafecito habitual sobre la papada.

“¿Y cómo va el proyecto?” indagó el uniformado.

“Lento… pero seguro”. contestó el jerarca.

El Chilo fue el primero en avisarle.  Luego lo confirmó en las noticias de la destartalada radio, que colgada de la ventana, intercalaba crujidos, folclore, y más crujidos.  Finalmente, se lo contó el viejo Vicente, encargado del faro y uno de los pocos que tenía luz propia y  también Juan el cantinero, dueño de la escuálida despensa y de los chismes de toda la zona.  En efecto, la Intendencia había licitado y una empresa holandesa ya hacía los planes para la instalación de un gran complejo maderero a las orillas de la laguna.

Como una visión desplegada en sus frontales, Chato vislumbró lo que eso significaba para Punta Negra.  Muerte a largo plazo.  Inevitable. Sin embargo, tanto en los saladeros como en la cantina, recibió el descreimiento de todo el pueblo.  Las redes y palangres colgaron inermes por semanas, los botes descansaban sobre rolos en las dunas.  La Intendencia había asegurado empleo garantido y la red eléctrica se extendería hacia la laguna para comprometer trabajo nocturno. Hasta las mujeres se inscribieron en la lista de aspirantes al Personal de Planta y se construyó en tiempo récord, para la parsimonia local, una carretera asfaltada…a dos cuadras del rancho de Chato.  ¡Por fin el progreso había llegado a Punta Negra!  ¡Quizás llegarían también la televisión color y la internet!

Una madrugada de Otoño, mientras mateaba bajo los pinos, Chato siente la brisa  a sus espaldas, señal inequívoca que soplaba terral.  Durante la noche había sentido mugir, allá lejos, las rompientes de la barra y sin duda, sonaban diferente a lo común.  “Tres metros quizás”  dijo para sí.  Sus sentidos habían cobrado una sensibilidad casi animal viviendo en el monte y esa mañana no necesitaba confirmación alguna para saber que esperaban olas grandes, huecas, esas que escupen arena y mejillones al romper.  Acarició a Tuco – perro guacho que apareció un día durmiendo recostado a la puerta y que supo encariñarse con el hombre –  tomó la tabla que colgaba debajo del alero, hizo sonar el mate un sorbo más y emprendió rumbo a la barra.

El chirrido de la bicicleta era lo único que desafinaba en la gloria matinal.

“Al menos, tengo carretera propia”, sonrió para sí.

Ayudado por el viento llegó pronto, justo para ver por sobre el borde de la duna, una cresta filosa y acerada despeinar y desaparecer.  Si algo no cambia en este mundo es el galope del corazón al ver las olas volcar con esa perfección.

“!Dos metritos y con caño!” repitió hipnotizado.

¡Terrible mar!  En pocas brazadas estaba colocado para tomar la derecha, que por la orientación del swell, abría una boca invitante y veloz.  La primera ola, derrumbando sobre su hombro, lo llevó vertiginosamente a la orilla.  Enrollaban tan perfectas que no necesitaba maniobras de frenado.  Solo era tomar, angular debajo del espeso labio y mirar el tobogán alucinante de luz y plata hasta la orilla.

Luego de la tercera ola, un tren que lo descolgó raudamente hasta la playa, notó algo inusual en el paisaje.  Contra las dunas, amontonados grotescamente y llenos de moscas y piojos de mar, decenas… no… cientos de siríes se pudrían al sol.  Sus formidables armaduras no habían sido suficiente protección contra la masacre.  Recostado en su tabla, contempló lo que parecía ser un macabro holocausto, un suicidio en masa.  Hacia ambos lados de la ribera se amontonaban cuerpos informes.  Tuco, corría desenfrenado, ladrando a los todavía moribundos que bamboleantes atinaban a levantar débilmente sus tenazas.

“Quizás fue el cambio de agua o de temperatura” pensó.  Había leído hace un tiempo de especies que previendo una catástrofe inevitable, decidían en pacto común, auto-eliminarse, antes de sufrir lo peor.  Pero nunca había visto algo parecido en la zona, a no ser los cuerpos carcomidos y malolientes de lobitos, pingüinos y cachalotes.  Esto era como si la laguna hubiera vomitado todos los cangrejos a la vez…¡eso era!  La laguna, por alguna causa desconocida, había purgado repentinamente los siríes por la boca  del arroyo.

Miró las olas perfectas pero su alma no quería jugar más.  Decidió caminar el viejo sendero, que antes de la construcción de la carretera, lo llevaba bordeando el arroyo hasta el rancho.  Toda la ribera presentaba el mismo espectáculo, ya fuera enredados entre los pajonales o apretados entre los guijarros, la mortandad parecía total.

Fue el comentario de todo el pueblo durante la siguiente semana.  Eso y el olor nauseabundo que comenzaba a inundar la costa cada vez que el viento soplaba desde la fábrica.  Además las promesas de buenos sueldos, terminó en eso, promesas.  Los camiones venían, cargaban al precio que ellos querían y si no, no cargaban.  Y el arroyo, antes delicia de niños y visitantes, dejaba ahora un limo verde y pegajoso sobre la piel que se convertía con el correr de las horas, en picazón insoportable.  Los lobos comenzaron a emigrar hacia las restingas más alejadas desalojando las rocas preferidas por siglos.

Evidentemente la factoría evacuaba los desechos tóxicos al arroyo.  Ese verano no fue el mismo de antes.  La afluencia de visitantes mermó a tal grado que Juan tuvo que devolver la mitad de la provisión veraniega.  Allí por Abril se decidió ir a hablar con el Intendente.  Encabezó la delegación  don Vicente, viejo conocido del jerarca y con quien “siempre se habían llevado muy bien”.  Además su figura y conducta eran intachables en la zona.  Entre el grupo iba Chato, que tras larga reflexión, había decidido mudar el rancho a la costa.  El hedor, tanto de día como de noche, era insoportable.

-“Entiendan muchachos”-… dijo el Intendente recostándose en su poltrona de cuero lustrado.  Su mano regordeta, con un anillo protuberante que había comenzado en el anular y debido al progresivo engorde del dueño tuvo que mudarse al meñique, apretaba un montón de papeles.

-“La procesadora significa fuente de trabajo y progreso en la zona.  El tránsito a la capital es más fluido y seguro que nunca, muchos de Uds. gozan ahora de T.V. color para sus hijos y faltan dos meses para el inicio de la construcción de un nuevo edificio para la escuelita, ¡donado por la empresa!”,-  aseguró arqueando las cejas…

Los ojos inquisidores de don Vicente preguntaron:

-“¿Podemos ver el convenio?”-

-“¡Cómo no! esta administración no tiene secretos para con su gente! “-

-“¡César, traiga la carpeta 702 inmediatamente!… y prepare un café a estos amigos”- respondió el jefe hilvanando todo en una sola frase sin respirar.

Y resultó que café va, café viene, la empresa se había comprometido a utilizar agentes químicos para neutralizar los desechos, que el jerarca no se explicaba que había sucedido, que la culpa era la falta de comunicación, que se iban a tomar medidas de inmediato, etc, etc, etc.

El olfato profético del Chato no se equivocó.  Pasaron dos años y todo siguió igual, con el agravante que la vegetación del arroyo había desaparecido, el olor era cada vez más nauseabundo y  la camada de negros mejillones, orgullo y razón del pesquero, yacía estéril en la orilla esperando su destino, molido por la rompiente.

Los muros del faro mostraban en gruesas letras su descontento, pero ya no estaban allí ni el turista, ni el artista ni el poeta.  Algunos de los pescadores más viejos comenzaron a pensar en buscar “otro pesquero más seguro” a lo largo de la costa.  Hubieron varias delegaciones, varias notas, muchas denuncias, demasiados cafés, inclusive, algo que nunca había sucedido en el pasado: la camioneta del Telenoticiero nacional apareció una vez y filmó todo… menos el olor.

Chato y Tuco seguían fieles a su rompiente favorita pese a la advertencia de la gerencia de la procesadora y el riesgo de contaminación.

Una madrugada, encuentra al perro muerto sobre unas redes, tieso y con espuma en la boca.  Del estupor pasó a mil preguntas sin respuestas y en el pecho moría un pedazo del corazón.  Recordó su encuentro, padre e hijo, como saltaba y jugaba en el viejo sendero del arroyo, peleando siríes y persiguiendo cuises, como le alcanzaba la parafina antes de entrar al agua, como levantaba gaviotas, como juntaba los primeros palos para el fogón… Era, mejor dicho, había sido un solitario como él, fiel compañero, quizás allí la mutua simpatía.  Posiblemente el can, más que su dueño, intuyó este final.

El peligro que corrían al bañarse frente al arroyo, comprendía también que ambos eran parte inseparable del entorno, de los pinos, de los juncos, de las dunas, de las fuertes olas de la barra.  Tuco, echado a los pies de su dueño, entendía todo eso. Pero nunca renunció.

Esas olas los vieron, hombre y perro, retozar a sus anchas como compinches, dejándose arrastrar, saltar y deslizar entre las espumas, queriendo compartir la alegría del color, la luz, la sal, el sol.  Hubiera sido como renunciar a la vida misma, ese hálito que ahora dejaba a Tuco y que conmovía profundamente al hombre.

Decidió caminar hasta la boca del arroyo, el dolor le traía multitud de recuerdos.  El limo se adentraba en el mar como una manta gigantesca dándole a las ondas que se aproximaban un curioso tono amarillento.  La espuma rompía en ocres y marrones oscuros.  Cerró los ojos y fotografió aquellos atardeceres de fuego, sentado en un mar de vidrio apacible y transparente, que hasta hace algunos años había disfrutado.

 

ariel3

 

Sus primeras olas en Jaureguiberry, aquella tabla deforme que le dejó siete puntadas sobre el ojo, los raspones contra el banco, los fogones atrás de las dunas y la luna gigantesca que dejaba a todos boquiabiertos.

O cuando en Floripa, después de una noche de caipiriñas y garotas, decidió acompañar la salida del sol en Mocambique de tres metros, y casi se ahoga.

O después de un fin de semana de mucho oleaje, volvía al taller y se burlaban de él:

-“¡Que hacés, ‘mano blanca’!”-.

-“El agua limpia todo…” – y no quería explicar más.  Lo del alma, sobre todo.

O más atrás, caminando la estrecha vereda hacia la escuela de la mano de su madre, la primera vez que logró trepar el higuerón, aquella maestra de dientes amarillos pero mano cálida, los picados donde no lo dejaban jugar de 10 como a él le gustaba,  las primeras zambullidas en el espigón y el conteo de sus amigos a ver cuánto aguantaba bajo del agua, el primer beso, las notas demasiado bajas en el liceo, las polleras demasiado altas de sus compañeras, el rancio olor del taller, sus permanentes uñas negras y el sucio overol sobre la piel.

La sonrisa de su novia. El llanto de su novia, cuando decidió no acompañarlo “al medio del campo”.

-“¿Porqué Chato? Acá tenés todo…y me tenés a mí”-.   No supo explicarle.  Mejor dicho, no pudo explicarle que la engañaba, que el mar era también su novia.  No lo hubiera entendido.

Los ojos de su padre despidiéndose en el hospital:

-“M’hijo, siempre sea usted mismo…”-

Toma la tabla y con cortas y fuertes brazadas se adentra en el caldo fétido, sus sentidos aferrados a aquellos atardeceres salpicados por los ladridos lejanos de Tuco.  Corre las olas en silencio, como callado homenaje al perro.

De allí en más, Chato animaba a los pescadores a no rendirse, planificaba con don Vicente los pocos recursos no empleados todavía para disuadir a los responsables de continuar.  El tiempo pasaba y también las toxinas a través de la piel de humanos y animales.

Un buen, bueno… un mal día, mientras calafateaba un bote, Chato siente náuseas y comienza a vomitar violentamente.  A la noche los espasmos abdominales eran insoportables y don Juan decide llevarlo al pueblo en su viejo cachilo, donde la guardia médica sugiere que continuaran a la Capital.

A la semana, pese a todos los tubos, agujas y sueros, Chato expira debido a una severa intoxicación.  Tieso, su barba amarillenta como estampada entre las blancas sábanas y con espuma en la boca…

Lo demás es ya sabido.  El Gerente hace finitos y quiebres como un buen centro delantero, el contrato había desaparecido misteriosamente, el Intendente expone sudoroso sus demagógicas razones ante la prensa – la escuelita, la carretera, el progreso, etc, etc, etc.

Todo un pueblo llora a Chato y porqué no?  los lobos, las rocas, los pinos y las olas, lloran también.  Su hermano, su hijo, su compañero se ha ido.

El “desarrollo” ha robado otro pedazo a Punta Negra.

Con el cierre de la procesadora y el correr de los años, vuelve el sirí, el mejillón, el aire puro y la hueste de visitantes.  En el muro del faro, allá bien alto, con letra de tercer año de escuela, hay dos nombres nuevos.

Y en la pared del almacén, entre fauces de sardas y botellas de caña, cuelga una tabla amarillenta, su cuerdita curiosamente rematada por el collar de un perro.