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“YOU SURF OR YOU FIGHT ! 

“No había música.  La mayor parte del villorrio había ardido, incluyendo su casa, que ahora era humo, y la muchacha danzaba con los ojos entrecerrados, los pies descalzos.  Tenía tal vez catorce años.  Tenía el cabello negro y la piel morena.

“¿Por qué baila?”, dijo Azar.  Buscamos entre las ruinas, pero no había mucho que encontrar.  El Rata Kiley atrapó un pollo para la cena.  El teniente Cross dijo por la radio a las cañoneras que se fueran.  La muchacha danzaba sobre todo de puntillas.  Daba pasitos en la tierra frente a su casa, a veces haciendo un giro lento, a veces sonriendo para sí.

“¿Por qué baila?”, dijo Azar, y Henry Dobbins dijo que no importaba por qué, que bailaba y punto.  Más tarde encontramos a la familia de la muchacha en la casa.  Estaban muertos y con terribles quemaduras.  No era una familia numerosa:   un bebé, una anciana y una mujer a la que costaba adivinarle la edad. 

Cuando los arrastramos afuera, la muchacha siguió danzando.”

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(“Las cosas que llevaban los hombres que lucharon.”  Tim O’Brien).

Cuenta la leyenda que el Rey del Mar, el poderoso dragón Lac Long Quan, se casó con la Princesa Au Co, Hada de la Montaña.  La unión les deparó una bolsa con 100 huevos de los cuales nacerían los futuros habitantes del hoy llamado Vietnam.  El hogar del dragón era el mar, allí nació y era allí donde retozaba, nadaba a sus anchas entre las olas y señoreaba sobre peces, corales y estrellas de mar.  Pero la cuna de Au Co era diferente, ella vivía en las montañas donde flotaba embelesada sobre la alfombra verde de palmeras, helechos gigantes y pródigos mangos.  El padre proveía de abundante pescado y la madre el tierno arroz, pero ambos añoraban sus orígenes, así que para decidir una justa separación, tomaron cada uno 50 huevos y volvieron, Au Co a sus fértiles valles y Lac Long a su querido mar.  De allí nacieron las legendarias estirpes de labriegos y pescadores, familias con un profundo amor a sus campos arados, sus cosechas, sus artes de pesca y los frutos del mar.  Sus padres no podrían haber sido más generosos al colocarlos en tan pródiga tierra, nada faltaba en sus mesas y sus ojos estaban siempre llenos de los topacios del follaje, los coloridos pájaros, el azul profundo del mar y sus atardeceres de fuego.  Que más podían pedir?  Felices veían crecer a sus hijos y vecinos.  Pero el cuento no termina con,  “colorín, colorado, el cuento está acabado” y nos podemos ir tranquilos a la cama a soñar con hadas y príncipes.

Vietnam, larga y estrecha franja de tierra que Laos y Cambodia aprietan contra el Mar de China, exhibe una exuberante selva tropical rodeada de paradisíacas montañas, valles y cascadas.  Sus primeros habitantes, desde cientos de miles de años atrás, tuvieron abundante recursos para construir diversos asentamientos y configurar avanzadas culturas prehistóricas.  Su destino, sin embargo, estaba signado por el continuo asedio de sus vecinos inmediatos y no tan inmediatos.

Este esforzado pueblo vivió bajo dinastías feudales por casi 18 siglos y las vencieron;  por el sometimiento chino por un milenio y lo vencieron;  y luego, 1800 años D.C., los misioneros junto a las bayonetas francesas (¿cuántas cruces precedieron las conquistas europeas?) convencieron al jerarca local de los beneficios de estar protegidos contra las amenazas de lobos foráneos y establecieron un Protectorado.

De allí en más, los vietnamitas lucharon por su verde y pródiga tierra durante doscientos penosos y cruentos años, contra galos, japoneses, la alianza galo-norteamericana y finalmente la invasión estadounidense.  Más de dos milenios de lucha.  No creo que exista otra tierra tan regada por la sangre de sus hijos, que ésa.

En el Internacional peruano del año 1970, Joey nos invita a visitar sus campos de juego favoritos: las nevadas montañas de Aspen y las tibias montañas líquidas de Hawai.  El sueño se materializaba frente a mí.  El camino había sido largo, muchas horas de remo, de travesía, tormentas heladas, olas esquivas y ahorros rigurosos.

Los pasajes más económicos pasaban por Panamá.  En el aeropuerto, voy al baño y me inunda un olor fétido.  No recuerdo bien si su boina era verde o negra pero el soldado acuclillado se atragantaba con los vómitos.  El piso era un desastre.  Ofrecí mi ayuda y después seguimos conversando en el hall.  Él estaba de licencia por dos semanas, en camino a visitar a sus padres en Brasil.  Hacía dos años que residía ilegalmente en Estados Unidos y cuando se publicó el llamado para voluntarios a pelear en Vietnam, se alistó con la esperanza de que el antecedente sirviera para una futura ciudadanía legal.  Al principio del diálogo, se mostró reticente en dar muchos detalles pero a medida que conversábamos y sintiendo que yo era tan latino como él y además, vecino, comenzó a soltar la lengua.  Había visto, pero además vivido escenas terribles.  Que en su primera incursión, su patrulla había emboscado por tres días, él, inmóvil, meado, empapado por el sudor y la lluvia permanente, mordisqueando galleta y ración cuando, finalmente, apareció la patrulla vietcong.  Que tiró y tiró hasta que la orden se oyó en el medio del humo.  Que tiró y tiró, no tanto porque allí estaba el enemigo, sino para que de una vez por todas, terminara el suplicio del mutismo y la inmovilidad y la humedad y para volver a las barracas a ducharse y comer un plato caliente.  Que la mayoría de la patrulla eran niños y adolescentes.  Y que esa misma noche vomitó después del plato caliente.  Y que desde ese entonces, cuando come le sobreviene el olor y la sangre y la muerte.

Recordaba muchos compañeros caídos que volvían enteros a las barracas envueltos en sus ponchos.  Otros en pedazos, que él ayudó a recoger y otros sencillamente, se evaporaron, nunca más supieron de ellos.

Yo escuchaba mudo, entre el asombro y el respeto, por tantas vidas ofrendadas, a mi parecer, inútilmente.  Pero me sentía muy incómodo escuchando eso y lo seguía haciendo por el compromiso fortuito que había asumido al ayudar y porque era evidente que, en ese momento, el soldado necesitaba a alguien sin lengua y con pacientes orejas para aliviar su carga.  Que extrañaba su pueblo, su familia y toda la algarabía brasilera.  Que ahora no estaba seguro de su decisión de volver a pelear porque sentía que no era “su” guerra, que estaba matando a los que sí estaban en su tierra y que no peleaban por una credencial cívica, sino por su patria.

Mis sentimientos eran cada vez más encontrados y paulatinamente fui entendiendo el porqué.  Dos jóvenes cruzan sus vidas en un lugar casual.  Uno,  espiritualmente destrozado, tocando la mugre todos los días,  caminando en la cornisa de la muerte por unos papeles con sello, mercenario involuntario, arrepentido asesino de adolescentes, testigo del Hades humano.  Otro, en las antípodas de la realidad, emboscando un océano soñado, mojado por las olas de Punta Rocas, abrazado a amigos sin mirarles el color de la piel o patria, siguiendo las órdenes de la Vida, sin fusil, con un tablón.  ¿Era yo un desalmado, un desubicado, un apátrida, un ventajero tratando de sacarle el bulto a mis responsabilidades políticas y sociales?  ¿Por qué me sentía incómodo?  ¿O era un ingenuo que no quería, que no deseaba, de una vez por todas, asumir la realidad adulta del presente?

Él, entre frase y frase, miraba mis huarachas, mi pelo desteñido por el sol y la sal, la piel bronceada, la camisa floreada, mirada que me hacía sentir aun más desubicado.  Por lo menos, mientras hacía algo que amaba, no estaba matando patriotas como lo ironizó Francis Ford Cóppola en su magistral “Apocalipsis Now”:   Enterado el capitán Kilgore (personificado por Robert Duval), que un famoso surfista estaba bajo su mando, planea un safari en helicóptero, tablones  y música de Wagner incluídos, a una playa con arrecifes de buenas rompientes izquierdas y derechas.  La excusa era atacar una “peligrosa” villa vietcong, con campesinos, huertas y escuela, todo en el mismo paquete.  Además, como él dijera, “¡Charlie (el vietcong), don´t surf!”.   La escena surrealista en que, con morteros cayendo a escasos metros y fuego cruzado del enemigo, Kilgore, impertérrito, pantalones ajustados, habano, sombrero de la Caballería y los tablones listos, caminaba por la playa y forzaba a los surfistas, convertidos quien sabe por qué razón en soldados a “you surf or you fight!!”, es inolvidable.

 

YO, HUBIERA SURFADO…

Vietnamsurf

(En el tiempo, imágenes de Vietnam)

Finalmente, se anunció su vuelo, alisó el uniforme, acomodó la boina y nos deseó feliz viaje.  Yo recordé a Elder Christiensen, el misionero mormón que me regaló la primera Surfer, y aun recuerdo que alguien había mencionado su muerte en Vietnam.  Yo, en aquel entonces imaginaba encontrármelo algún día, surfando en su querida Palos Verdes y lo recordaba parado en el patio de casa, imitando la toma de una ola, agachado al pasar la sección, sus brazos describiendo círculos líquidos a su alrededor y terminando con un aullido.  Yo poco entendía de qué me hablaba, que podía significar toda ésa representación, ése despliegue gestual, lejos, muy lejos estaba en ése entonces de su “visión”.  Pero de a poco entendí y ahora entiendo perfecto.  ¡Qué gran e inútil sacrificio!  ¡Maldita guerra de Vietnam!  Y malditos los señores de la guerra que mantienen encendido el fuego del odio en el pecho de millones de jóvenes, para enriquecerse.

Aspen nos confirmó que cuando no te parió la montaña, eres huérfano.  Te alargan los pies, te dan dos bastones, te ponen un yeso en los tobillos y te empujan cuesta abajo en una pronunciada y resbalosa pendiente llena de rocas y árboles.

Revolcón tras revolcón llegamos a San Diego y en stand by conseguimos un vuelo a Honolulu.  No hubieron ni leis ni lindas hulas esperándonos, solo el aroma a piña quemada y el aliento sofocante del trópico.

Después de correr un tiempo entre Ala Moana y el North Shore, nos fuimos a Kauai, a vivir al valle Wainiha, donde Joey tenía una cabaña a medio hacer. Una de las playas que corríamos con frecuencia era Tunnels, en aquel entonces Taylor’s Bay, ya que parientes de Elizabeth Taylor tenían allí su casa.  Estando un día de olas chicas, bien en la punta del arrecife, arrollaba una derecha perfecta, se arrima un flaco, rubio, de mirada esquiva y muchas marcas de coral en la piel.  Su tabla, muy golpeada, ya casi no tenía color.  Saludamos con la cabeza y sonreímos.  Ya habíamos aprendido que eso, y dejarle a los hawas las mejores tomas, aseguraban algunas para nosotros.  Pero no contestó.  Luego de unas cuantas olas – corría fluído y seleccionaba sus olas con cuidado – se atrevió a decir:  Hey! y con el correr de los días ya surgió el diálogo y…Vietnam.

Pero este amigo, a quien llamaremos John, no había ido a Vietnam.  Era desertor.  Es decir, para el Tío Sam era un desertor.  Hacía seis meses que le había llegado el correo con el draft a su hogar de Florida y después de hablarlo con sus padres toda una noche, hizo el bolso, los abrazó y partió con destino a Canadá.  En camino a San Francisco se encuentra con otro surfista desertor que lo convence de acompañarlo a las Islas.  Y allí estaban acampando en rincones de los valles, viviendo a escondidas, comiendo paltas, mangos y papayas.  Su cuerpo enjuto y descuidado, hablaba de privaciones y drogas.  A veces lo cruzábamos en alguna que otra furtiva escapada al pueblo de Hanalei, en busca de arroz y porotos.

Tenía un estilo relajado y no remaba mucho.  Sabía esperar.  No mostraba ansiedad o prisa alguna cuando se aproximaba la serie.  La toma en Tunnles era una derecha sobre 50 cms. de coral que se ofrecía traslúcido cuando mirabas abajo.  Cedía si te veía decidido a tomar.  Elegía el pico justo y con una brazada entraba y se envolvía en la pared verde.  Volvía sonriendo, como abstraído en su viaje.  Quizás con algún pakalolo demás.  Parecía como que la paz del valle kauaiano se le había metido adentro.

A diferencia de aquel encuentro en el aeropuerto panameño, conversé largo y profundo con John, sus motivos para rehusarse a combatir, ¿cobardía, inmadurez, resistencia, debilidad?  Me dijo que había miles como él que habían cruzado mayormente a Canadá,  otros a climas más cálidos como Méjico y Centroamérica.  Que él sabía de toda la farsa armada desde Washington, desde el asesinato del Pte. Kennedy, la presión de los lobbies armamentistas de la Casa Blanca al Pte. Johnson, la escalada franco-estadounidense por invadir Vietnam del Norte pese al acuerdo de Ginebra, la provocación de la lancha torpedera en el Golfo de Tonkin, el reclutamiento a ciegas de latino-descendientes, las mentiras descubiertas y verdades encubiertas de la televisión.  De cómo su pueblo obedecía sin cuestionar, cuando maliciosamente se les interponían, por parte de los políticos, valores tradicionales como la libertad y el patriotismo y lo que era peor, el insuperable instinto del miedo.  Ya sabía de algunos amigos muertos y de cuán estéril había sido su sacrificio.

Le había dicho a sus padres que les agradecía por la vida y que por respeto a sus ejemplos de vida no iba a dejarse matar y matar inocentes por causas mezquinas.  Tenía la esperanza de verlos otra vez aunque dudaba de volver a correr olas en su playa atlántica.

La conminación de Duval, ‘¡you surf or you fight!’, pareció natural.  ‘Prefiero surfar que pelear’, debió pensar para sus adentros.  Sobre todo, con todas las conocidas mentiras detrás.

Para ese entonces, pese a que el Agente Naranja había desfoliado considerables extensiones de paradisíaca selva y el napalm había desollado a miles de niños y campesinos, el Vietcong arreciaba su ofensiva y los comandos estadounidenses comenzaban a considerar otras salidas que la militar.  Un pueblo que durante dos milenios guerreó por su libertad sin rendirse jamás, era un enemigo que habían subestimado.  El dinero no lo puede todo.

Detrás del aspecto desaliñado de John, encontré un razonamiento educado, un pensamiento claro y rebelde, un espíritu valiente que se atrevió, como muchos otros jóvenes, a desafiar el abuso de otras mentes, que la historia luego demostró, ser perversas.  Muy perversas.

Dos historias, dos vidas, es decir, tres con la mía en el medio.  Corrimos Tunnels varias veces más.  Un día, no apareció y ya no supimos más de él.

Han pasado casi 50 años de aquellas experiencias.  Las olas de Tunnels siguen cayendo prístinas y constantes.  Las olas que rompen en Brasil y la Florida recorren el mismo océano de Los Atlantes.  Las olas de Vietnam ya no están teñidas de sangre.

Pero, en el primer decenio del siglo XXI, poco ha cambiado.  Solamente el lugar y las víctimas han cambiado de nombre.

 

Helicopteros Vietnam

Réplica del helicóptero y tablones usados en “Apocalypsis Now”.

Apocalypse Now

Réplica del helicóptero y tablones usados en “Apocalypsis Now”.

“Ésta es la verdad-historia.  Él era un joven delgado, muerto, casi delicado, de unos veinte años.  Estaba tendido en medio de un sendero de arcilla roja cerca de la aldea de My Khe.  Tenía la mandíbula en la garganta.  Un ojo estaba cerrado, el otro era un agujero en forma de estrella.  Yo le maté.

Supongo que lo que las historias pueden hacer es lograr que las cosas estén presentes.

Puedo mirar cosas que nunca he mirado.  Puedo ponerles cara a la pena y al amor y a la piedad y a Dios.  Puedo ser valiente.  Puedo forzarme a sentir lo que sentí.

‘Papá, di la verdad-puede decir Kathleen-, ¿mataste alguna vez a alguien?’

Y yo puedo decir, con honestidad:

-‘Por supuesto que no.’

O puedo decir, con honestidad:

‘-Sí’.”

(“Las cosas que llevaron los hombres que lucharon”.  Tim O’Brien).