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“Malama kekahi I kekahi” (Cuida a uno, cuida a todos) recordatorio ancestral del pueblo hawaiiano en el mar. Son tres experiencias locales de rescate, tragicómicas, vividas por surfistas amigos y familiares, que sin talleres ni cursos, sintieron la empatía con aquel enfrentado a la muerte. Quizás ayuden a construir esa empatía en todos los surfistas uruguayos. ¡Salud!

 

Labio poderoso

Labio poderoso        Foto : Javi González

MALAMA KEKAHI I KEKAHI

Fue en el verano del ’78, creo.  No fui testigo, pero lo sentí contar tantas veces que es como si hubiera estado allí.  El Cabito o puerto de Los Botes, cobró fama en La Paloma por sus pescadores y por el surfing.  Tanto la derecha como la izquierda en días grandes, ofrecen buen recorrido y un rompecocos desafiante.  Los turistas además, tienen una salida natural para sus embarcaciones.

Una mañana espléndida, un grupo de ellos, casi todos veteranos, apresta su lancha en el recodo de las piedras para salir a una picada prometedora.  Y allí van, apiñados en la barca erizada de cañas, bamboleándose rítmicamente a medida que se alejan de la costa.  Pasó el tiempo y a la vuelta, otro era el cantar…Una cosa es ver la corriente de salida desde los médanos y otra cosa es embocarle al embudo de salida viniendo desde el mar.  Para los pescadores era cosa de todos los días y lo podían hacer con los ojos cerrados, pero para los recién llegados no era cosa fácil.

Ese día había olas respetables y estaban todos disfrutando de lo lindo en la derecha de la playa, Jaime, Lalo, Vispo y otros en la arena, descansando.   Vieron la barca adentrarse en el mar y ahora la ven venir, cada vez más cerca.  De pronto,  tratando de evitar una supuesta colisión con las rocas, el timonel tuerce el rumbo hacia el medio de la playa, hacia las rompientes.  Los muchachos, siempre alertas, comenzaron a correrse para darles lugar y agitando los brazos, los desviaban e indicaban la salida por el canal.  Los de la playa, a pararse, anticipando el desastre.

Sin embargo, como atraído por un poderoso magneto, el bote se manda por las rompientes…No toma la ola que lo lleve rápidamente a la orilla, queda en punto muerto, justo en la zona de impacto.  La de atrás, grande, hueca, se levanta a triturarlos.

Los del timón, ingenuos ellos, aceleran y en cámara lenta, la popa se levanta, los pasajeros vuelan como un racimo de cañas, aparejos, gorros, meriendas y valijas.  Todo, en un parsimonioso abanico de los aires.

La guillotina del labio secciona el espejo y arranca de cuajo el motor, llevándose a varios demorados al fondo.  Bueno, no había casi fondo en el segundo banco de arena.  Vispo y Lalo, no demoran el auxilio a los más cercanos, que emergían en diferentes puntos confusos y asustados.  Otros buscan frenéticamente los valores que nunca más volverán.

Uno de ellos, un viejito muy adentrado en años, parecía el más afectado.  En estado de shock, se había sujetado con todas las fuerzas a las bordas y había logrado permanecer sentado en la embarcación.  Empapado, su gorro hasta las orejas y con la mirada al vacío no atinaba a moverse.  Otras olas se aproximaban y su posición no era la más favorable.  Jaime, que siempre hablaba conmigo de técnicas de rescate y poseído en ese momento de un gran espíritu solidario, no duda:  bracea furiosamente, se acerca,  sube al bote, toma al anciano de la camisa y le da dos o tres cachotes secos, bien servidos.  El castigado, lo mira desconcertado y cubriéndose con los brazos, se rinde.  Pasa Lalo con el tablón y allí mismo lo suben, desencajado y golpeado, alcanzan la costa deslizando una espuma.

Felizmente, luego de una rápida evaluación en la playa, no hay heridos de consideración.  Se recobran algunas cosas con la ayuda de todos y los curiosos comienzan a alejarse.  El único que no entiende nada, es el viejo, que envuelto en una toalla y tiritando, mira ensimismado a lontananza.

-“¡Dale, viejo, reaccioná, no fue nada!”- lo alientan sus compañeros.

Sin embargo su explicación era muy convincente:

-“Lo que pasa es que no sé…primero nos hicieron señas que nos acercáramos…después volamos…después vino el porrazo y cuando trataba de recuperar mis dientes postizos, ¡vino un mozo y me dió una paliza!”-

No los vieron nunca más por Los Botes.

 

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Zanja Honda

Zanja Honda        Foto : Javi González

 

Zanja Honda es una playa invitante, pero traicionera para el novato.  Tres de ellos, una pareja con un niño pequeño, disfrutaban de una mañana clara y hermosa.  Nosotros habíamos llegado temprano atraídos por una izquierdita chica pero prolija.  Mientras nos preparábamos para entrar, el dueño del parador Vadarkablar se acerca jadeante apuntando hacia la restinga de piedras.  En el escondido remanso de la corriente, la mujer subida a un bodyboard, pateaba débilmente tratando de volver a la costa.  El esposo, agua por la cintura, gritaba y gesticulaba tratando de ayudarla, mientras que el niño, enfrascado en los túneles y torres de su castillo, estaba totalmente ajeno a la tragedia que se cernía allá afuera.

Daniel salta como un resorte, toma su tabla y corre calculando el ángulo de encuentro.  La corriente alejaba rápidamente a la mujer que, fatigada se sostenía precariamente a su tabla.  Se acerca y ofrece el leash a la señora que para ese entonces, lloraba, a media decisión de abandonar su única salvación.

Con brazadas lentas, recostándose hacia la rompiente de playa para zafar del chupón, Daniel la remolca y llegan ambos felizmente a la arena.

Agradecen, y caminan estrechamente abrazados a reencontrarse con el pequeño.  Para nosotros y especialmente para Daniel, fue el mejor premio, ver ese cuadro familiar completo ya que tristemente, no todos terminan así.

Dejo un espacio para el si…Si esa mañana hubiéramos ido a La Aguada o nos hubiéramos levantado media hora más tarde…

 

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Zanja por dos

Zanja por dos        Foto : Javi González

 

Recuerdo esa mañana como muchas otras.  Fuimos de los primeros en llegar a la playa.  Algún que otro aerobista allá lejos quizás, pero nadie más.  Olas consistentes, no muy altas, rompían una derecha sobre el banco contiguo a la enorme biela cubierta de mejillones del Corumbá.  Y como siempre, arrastrando sus cuerditas, se fueron corriendo Pablo y Seba, llamados por el invitante tobogán del mar.

Mariana y Santi quedaron armando la sombrilla, mientras yo me fui detrás de las dunas a atender otros menesteres.

No había transcurrido mucho tiempo, cuando siento unos gritos desgarradores, ésos que salen del pecho, guturales, animales.  Pensé inmediatamente, en mis hijos.  La subida al médano fue interminable y cuando me asomo, el cuadro era éste:  a la derecha, en el line up, Pablo y Seba, sus miradas clavadas en dirección al pecio, comenzaban a remar aceleradamente.  Al centro, Norma y Santi me llamaban desesperados y Mariana comenzaba a correr con el bodyboard debajo del brazo, hacia el chupón.  A la izquierda, en el canal, dos cabezas eran succionadas inexorablemente hacia adentro.

Trato de desenfundar el tablón y… se enrieda la cuerda con el leash y… Mariana ya estaba en el agua…

-“Salvate vos, andá,  dejame!!!”- aullaba el veterano al más joven que intentaba ayudarlo.

Cuando toqué el agua, Mariana ya convencía al joven de volver.  Al cruzarlo, llorando, me miró con ojos suplicantes y quedó allí inmóvil, sobre el banco de arena.  Al llegar adentro, Mariana hablaba inútilmente a oídos sordos;  el hombre jadeante, mirada fija, desorbitada, dedos engrampados en el bodyboard, tosía baba y espuma.

Lo convencimos de volver despacio,  con nosotros, a la costa.  Se calmó y lo fuimos empujando en ángulo, fuera de la corriente, hasta hacer pie en el banco.  Sentado en la arena, cabizbajo y con un hijo ya más calmado, continuaba en shock.  Mi temor era un síncope cardiaco, muy común a esa edad y con esos apremios.

La verdad, es que uno no le mira la cara a la muerte todos los días.

Después de un largo rato y ya recuperados, emprendieron el retorno hacia Los Botes y nosotros aflojamos cuerpos y mentes.

En eso estábamos, cuando noté algo que me dejó más atónito de lo que estaba.  Una pareja, a escasos 30 metros de nosotros, tomaba mate tranquilamente sobre la duna.  Habían presenciado todo, inmutables, como una película.  No hubo ningún gesto de ayuda, solidario, ofrecer locomoción al accidentado, una cuerda, una voz de aliento, algo… ¡Ni siquiera se pararon!

Esa noche en la mesa familiar, celebramos por los aún vivos, los rescatados del océano;  pero también lloramos, si así se puede decir, por los dos muertos que vimos tendidos allá, a la sombra de la duna…