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Queridos hermanos surfistas: En estos días gélidos y viendo a tantos surfando en la Honda y Brava de Malvín, vuelvo al pasado con alegría. Agradezco a Javier por la oportunidad de compartir algunas experiencias en este espacio de nuestra querida USU. Espero éste sea el primero de otros por venir, para ver y rever el he’e nalu con perspectivas diferentes y mejores futuros.  Aloha!!!

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Foto: Alex Castillo y Roberto Damiani en el invierno de Las Toscas. Frío y tosca madera no frenan la pasión.

GRACIAS POR EL FRÍO

El frío obligó al aborigen a emigrar o adaptarse. Hay una epopeya silenciosa detrás de estos hombres y mujeres de caras redondas y ojos rasgados por el golpe de la gélida ventisca. Larga es la lista de caucásicos que se atrevieron a desafiar a los témpanos y encontraron allí la tumba. El frío, es un señor mucho menos condescendiente que el calor. Te empuja a buscar refugio, a los interiores de cuevas e iglúes, a observar interminables días grises de nieblas y espesas nevadas y te muestra la gloria del sol por un instante. Las auroras boreales quizás poco compensen toda esa inmensa monotonía sin verdes.

La polinesia fue, es y será verde. El agua parió al he’e nalu. Cálida, fértil y traslúcida agua que se movía invitando a los hombres a jugar. Desnudos. Como estaban las demás criaturas que los rodeaban y como estaban las palmeras, las cataratas, las flores y los acantilados. La vida abunda y es prolífica. Concede. No hay límites, más de los que indiquen los temores de los hombres desnudos.

Y cuando el he’e nalu comenzó a imaginarse en costas no tan hospitalarias, el frío marcó su territorio y sus límites. Como se lo marca al coral, el krill o a las medusas. Pero el hombre no renunció por un simple temblor, si los lobos marinos se forraban de grasa para sobrevivir, algo parecido habría que inventar.

Para nosotros, la búsqueda del calor fue una de las más urgentes. Tan urgentes como el tener una tabla. El surfing pocitense de Vispo Rossi se desarrollaba en los sofocantes meses del verano, donde oleadas de vecinos acudían a las playas huyendo del cemento ardiente. Pero, el surf, como comenzó a llamársele en Pocitos, ya pretendía otra cosa. Si había un viento del sur, las casillas de los Salvavidas eran bienvenido refugio. Allí adentro se entraba en calor al hipotérmico con saña nomás. Piñas, toallazos, palmadas, todo valía para resucitar al desvalido.

Pero el 15 de Marzo comenzaban las clases y con ello el verano. Curiosa respuesta de una mente burócrata, educada por decenios de dogmatismo burócrata. Como si un telón invisible cayera entre ciudad y playa y ya nadie más se atreviera a mirarla siquiera. Había comenzado la vida seria y había que estudiar. Atrás quedaban las interminables tertulias nocturnas debajo de estrellas y mosquitos, sentados en parques, veredas y ramblas al frescor de la noche. O la alegría del carnaval en los tablados, corsos y la guerrilla de agua entre vecinos. O sacarse los zapatos, remangarse los pantalones y después de la oficina darle un remojón balsámico a esos doloridos pies. O un delicioso helado de crema y chocolate artesanal y a caminar la cálida noche con la novia. O un rápido chapuzón en la tarde y volver descalzos sobre las tibias baldosas del barrio.

Todo eso espontáneo, natural, relajante, a mediados de Marzo quedaba atrás y venía la túnica, el uniforme, la corbata y hasta el sobretodo, que en buen castellano quiere decir, que sobretodo eso, a veces había que ponerse otra pesada indumentaria en forma de capa o gabardina. Venían también las estrictas comidas en hora, en familia, para terminar las tareas escolares ya que mañana había que levantarse para ir vestido a la escuela y ver por las ventanas cómo los pájaros, las abejas y colibríes seguían gozosos su verano interminable sin percatarse de la supuesta seriedad de la vida, que los adultos trataban de explicarnos. Todos los chiquilines sabíamos eso y lo odiábamos pues significaba el fin abrupto de la alegría de vivir, de la libertad, esa libertad que, luego veíamos en las páginas de los textos escolares, vivían los indígenas descalzos de todos los pueblos orientales. Chanaes, charrúas, yaros y boanes gozando a pleno viento y sol su libertad.

Pero el surf nos decía que la alegría de vivir no terminaba en una fecha determinada por el pizarrón y la tiza, sino que el mar continuaba, el calor se prolongaba, los vientos seguían refrescando nuestras pieles bronceadas y nuestros pies liberados de su corsé de cuero podían seguir pisando desnudos la playa, la cálida arena escurriéndose por entre los dedos. Viva el surf!!

Ya por alguna tarde de Mayo los ánimos no eran tan efervescentes y los amigos cómplices de las tardes comenzaban a dar excusas. Los primeros pamperos con cuerpo gélido comenzaban a soplar y era allí donde sí veíamos correr un telón virtual, físico, concreto y cruel que nos separaba de nuestros sueños polinésicos. Pese al heroísmo, un alto rendimiento físico no comulgaba con músculos entumecidos y mandíbulas tiritantes. Sabíamos del neopreno pero para ese entonces estaban en los lejanos modelos del norte, no aquí.

Ya en Junio comenzábamos a probar buzos de lana usados, camperas de cuero, de nylon, rompevientos y hasta jeans, en el afán de mitigar aunque fuere un poco la mordedura del frío. Si no había calor afuera habría que encontrarlo adentro. Entonces la cosa se resumió a lo siguiente: había tormenta, se preparaba el pantalón buzo deportivo y algún gorro de lana, el short y una toalla grande. Se parafinaba el tablón en casa, para no perder tiempo en la arena y a modo de calentamiento se cargaba todo trotando hasta la playa. Se corría en short y camiseta y cuando el azulado de las uñas era ya considerable, se salía del agua, se secaba, se vestía y se trotaba hasta la punta de Trouville. A la vuelta, ya recompuestos, lo difícil era ponerse otra vez la camiseta mojada pero, arriba machos!, igual al agua y a reiniciar el ciclo. Esta vez trotar hasta la punta del Buceo y nuevamente al agua. En Las Toscas, los Uwaris por lo menos vivían en un escenario más agreste, nunca faltaban troncos de acacias y eucaliptus secos para hacer el ciclo alrededor del fogón.

Después de un sureste, mirando nuestras uñas y labios azules, Luis nos comentó que un amigo suyo aficionado al buceo, confeccionaba sus propios trajes de goma. Y allá fuimos a lo de Weiss, compramos unas planchas y corrimos a lo de Jaime con los moldes, como los primeros ancestros lo hicieron con sus primeros fuegos después del rayo.

Allí, sobre la mesa del comedor, tijeras y cemento de contacto en mano, vio la luz el primer traje de neopreno, como de 4 mm., sin forro, costuras de matambre y cierre de metal. El chaleco, reminiscencias de los petos medievales, se paraba sólo. Las primeras pruebas dejaron hondas llagas del tamaño de un medallón en las axilas y lágrimas de elefante al tocar el agua salada.

Después de un tiempo, como un viejo acolchado, se fueron agregando los brazos y finalmente las piernas. Ponérselo en ésas circunstancias era trabajo cooperativo. Unos ayudaban a enfundar las piernas, otros mantenían en equilibrio al usuario y los demás trataban que las costuras no se desgarraran al cerrar el precario cierre. Demorábamos como media hora en ponerlo y otra en sacarlo. El mayor problema surgía cuando lo usaba alguien fuera del tamaño: era como remar con sobretodo.

Hoy puedo ir a un surfshop y elegir entre diferentes tipos de pieles aislantes, de foca, de lobo, de ballena o de tiburón, con o sin cierre, con o sin costuras, con o sin titanio, con o sin capucha. Hoy algunos surfan entre las agrestes playas de Alaska, Noruega y Terranova. Llegará el día de untarnos esa silicona térmica descartable que deje solamente los ojos afuera.

Sin embargo, puede sonar falso e incongruente, suelo añorar esos días de frío triturador. Como de la fragua del herrero sale el acero templado a frío y calor, así salió esta inexplicable pasión por el mar.