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EL VIEJO

Está inmóvil sobre la duna, los ojos fijos en la expansión gris.   Pasan nubes, gaviotas y niños al frente, pero su mirada sigue clavada en el mar.

El agua mece.  Dos o tres tablistas retozan entre espumas, sus cuerpos colgados de curvas verde-transparentes.  El viejo asemeja una acacia más del paisaje. Todas las tardes viene al mismo lugar, alisa la arena con las manos, se descalza y se sienta lentamente. El único gesto que se permite a veces, es mirar el cielo, como buscando olas en el devenir celeste.  Quizás llama recuerdos de un lugar sagrado que nadie ve, dónde celosamente guarda para que nadie ni nada, los toquen.  Luego vuelve la vista lentamente a las figuras que danzan con las olas, una y otra vez, incansables.

 

El Viejo Foto Reneedezvous

El Viejo    Foto Reneedezvous

 

Ellos conocen muy bien al viejo, su historia de surfista solitario en las sudestadas marrones de Pocitos y luego, de peregrino a playas desconocidas frecuentadas únicamente por lobos y biguás.  Sus pies dejaron huellas en arenas brasileras, peruanas y chilenas, sin muchas fotos, alharaca ni ruido.  Llenó su pecho con aires salobres y el estómago de corvinas y mejillones. Los soles doraron su pelo y curtieron la piel.  Saboreó cada instante de vida alejada del humo citadino y las miradas de desprecio.  No es fácil ser paria, y más, si uno lleva una sonrisa.

 

Surf en Playa Pocitos. Foto OlasyVientos

Surf en Playa Pocitos. Foto OlasyVientos

 

Luego, pegó la vuelta.  Se vistió, estudió, trabajó y formó familia.  Sentado en la oficina, lugar de poder, control y éxito, separaba momentáneamente la vista de los pesados legajos y notaba las nubes correr con el viento, y prendidas a ellas, las visiones de su playa escondida despeinando olas en arcoiris.  Corría una o dos en los frontales y volvía renovado al escritorio y los papeles y los programas y las evaluaciones y las ventas y los dividendos y los impuestos y los abundantes papeles de colores de fin de mes.

De camino a casa, algunas veces los aromas lo llevaban a los anticuchos de Huanchaco, los guisos del Infiernillo, el freigao preto de Saquarema o los mangos inacabables del valle Wainiha.  Recuerdos vivos con olor a sal, arena quemada y olas iridiscentes.  Y la sonrisa volvía y abrazaba a toda su familia.

Pasaron muchos aromas y pamperos por la ventana y la vida le entrega al fin, una vejez tranquila.

Sentado sobre la duna, ve al pibe remar firme una ola que abre hacia la izquierda, como se mete tomado del borde y lo cubre un velo transparente, desaparece un instante y emerge chorreando agua, gritando.

 

Tubo azul-transparente. Foto The Inertia

Tubo azul-transparente.   Foto The Inertia

 

Cierra los ojos y ve al pibe ondular con el éter.  Su ola no terminó en la playa, continúa al infinito, en su mente, entre los misteriosos telones de la memoria y la fantasía, oscilando entre el pasado y el futuro, la ficción y la realidad.  Como un campo de trigo se hamaca majestuoso el espacio lleno de estrellas y él mece con ellas.  Un surfing celestial que presiente cada vez más cerca y del que seguro, no querrá volver.

El primer arrebato le sobrevino tirado en las dunas de La Cañada, luego de un día de olas limpias, sin descanso ni comida.  Un mar de luces infinitas lo elevó mas allá de Orión y asustado visitó rincones de extraño resplandor, pozos insondables y oscuros, áureos anillos y espirales que lo alejaban de todo y de todos, en constante vaivén.  Como ésa penúltima ola que lo dejó sin aliento.

Alma liviana vuela lejos.  Esperando la pleamar en Guethary, escucha un fuerte  llamado desde París.  Deja el tablón en la posada y toma un tren a la Ciudad Luz.  Da muchas vueltas por cafetines y callejuelas, pero nada encuentra, hasta que en Le Louvre se enfrenta a “La noche estrellada” de Van Gogh.  Estuvo horas, mucho, largo tiempo absorto en ese increíble cielo, idéntico a su sueño.  Pasaban por su frente muchos turistas, guardias, ruido y exclamaciones, pero él miraba por un túnel, absorto por completo en ese cielo-mar azul que giraba.  Siente que Vincent, tan lejos en el pasado, sin haber corrido una ola en su corta vida, pintó para él y todos los que miran más allá del mar.  Después de todo, no estaba tan loco como decían.

El viejo se levanta con dificultad, camina rengueando hacia la orilla y deja que la resaca acaricie sus pies.  Abre los brazos y aspira hondo.  Por un instante, queda suspendido del aire, crucificado, las manos abiertas como queriendo retener el viento.  Traspasado por la brisa, las imágenes se suceden lentas mostrando cada detalle. Cada instante de la vida fue una ola.  Hubo fáciles, tristes, muy difíciles y las insuperables. Ya no está su compañera esperándolo en la duna y sus hijos hace mucho que vuelan solos. Lejos.

 

Atardecer en Marruecos

Atardecer en Marruecos

 

El segundo éxtasis lo tuvo en Marruecos, en una puesta de sol cruzada de velas y lentas gaviotas, recortadas contra el telón de oro incandescente.  Cerró los ojos y vio atardeceres de otros mundos, horizontes batidos por espumas plateadas, cientos, miles, millones de ellos iluminados por soles eternos, zambullendo en mares de fuego.  Incontables, imposible darles nombre, cada mar era iluminado por un sol diferente y marcado por líneas sinuosas de absoluta perfección.  Desplomaban sobre bancos, piedras y corales mostrando como las flores, su efímera belleza.  Sin rencores al morir,  volvían incesantes, incontables en su permanente devenir.

Así que, al fin y al cabo, era verdad la vida después de la muerte…  Esperar tu ola, deslizar, terminar y volver.  Nacer, vivir, morir y renacer.  Incontable, incesante devenir.  Sin rencores.

“¡Viejo! ¡Dale, mojate!”

Escucha, pero vuelve a su lugar.  Le gusta acompañar al sol en su zambullida al mar y ver cómo los colores nacen entre pastos y nubes.  Los pibes enfrentan el ocaso y dejan pasar las sombras de las olas.  Todo el paisaje cae al oeste.

Cuando colgó el tablón, no podía volar por más que lo intentara, siempre había algún celular, trámite o gerente fastidioso atándolo al suelo.  Lo más cercano eran las noches veraniegas en la azotea de su casa, tendido con sus hijos, jugando a quién contaba más estrellas sin pestañear.

“Papá, ¿viven las estrellas?”  “Papá, ¿nos están viendo las estrellas?”  “Papá, ¿respiran, lloran, ríen, sienten las estrellas?”  “Papá, ¿las estrellas tienen dueño?” “¿Mueren las estrellas o siempre están ahí, papá?”

Y papá los apretaba bien fuerte y les contaba sus viajes, olas, amaneceres y ocasos y nadie se atrevía a respirar, todos viajaban con él a los rincones fantásticos del cosmos hasta quedarse dormidos.

Con los años, muchos amigos se fueron a correr el otro Océano y en homenaje, el tablón volvió a salir de la funda apolillada.

Ahora hay demasiada gente en la playa.  Y plásticos, envases, vidrios rotos y basura.  Además era difícil fluir con músculos y tendones resecos.  Alguna ola fácil se lo permitía y entonces todo volvía a suceder.

Después, en un atardecer con olas de Cerro Verde, tuvo ese deja vú de Marruecos y aparecieron otra vez las visiones.

Nunca más volvió a correr olas, sólo se sentaba por largas horas en las dunas surfando con tablistas, mareas, vientos y soles.  Eterno vaivén.

“¿Y, viejo?” saluda uno de los pibes.

Sonríe, saluda y apunta al cielo.

“¡Viejo loco!”.