EL DEPORTE NO ES HOBBY

Un accidente en Punta Colorada cambió su vida de ahí en más.

Lejos de paralizarlo la tragedia y el miedo, la remó y siguió para adelante hasta hoy. Estos días se tiró en las playas de Malibú o Topanga, a hacer una de las cosas que más lo impulsan desde chico. Estar en el mar con amigos.

 

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Ya en la entrada, lo primero que se ve es una tabla, posando parada:

“Ésta es con motor. Antes era una 6.1, 6.2”.

La nueva tabla la vio por primera vez en un campeonato de surf en E.E.U.U, donde viajó este 2013 para probar un tratamiento en una clínica de salud. Un día libre llegó hasta la playa, se puso a ver un torneo y en un momento desde el micrófono escuchó:

“- Bueno, ahora una exhibición de gente discapacitada.

Y entré a mirar…

Yo ya me había tirado, pero con dos amigos que me agarraban de un tobillo cada uno para entrar. Cuando llegábamos a la rompiente, me empujaban e iban a buscar. Al no tener abdominales, me puedo acostar pero no levantar el pecho, entonces no puedo remar, puedo apenas, apoyando la pera; termino siempre con un dolor de pera que no puedo más. Precisaba que fueran a buscarme, de nuevo, hasta adentro. Antes incluso me ataba las patas para que no se vayan para cualquier lado, después lo que hice fue poner unas quillas para arriba, del lado de arriba de la tabla, para ahí meter las patas en el medio.

Ese día en la playa, de repente pasa un flaco sin nadie y pensé:

¡¿Y eso qué es…?!

Y entran a pasar otros, también sin nadie.

Cuando terminó, fui hasta la orilla y pregunté:

Bo, ¿qué es esto? ¿Cómo…?

Y me mostró, terminé comprando un motor y acá me hicieron la tabla para ponerlo. Estoy surfeando así, se llama Wave jet en realidad, esto originalmente se hizo para eliminar el jet sky de las olas grandes, aunque les quedó muy pesado y nos quedó a nosotros, porque el peso no importa, vamos acostados en la tabla. Ahora me suben, prendo el motor y voy para adentro. Me dio otra libertad, surfeo casi que solo.

 

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Hace apenas una semana, en mayo Juan Martín Posadas (39) se tiró con la tabla en Santa Mónica, Huntington Beach, Malibú y Topanga. “Fui a una clínica, pero los días que podía, salía. Fui con un amigo, El “Foncho”, que me da una mano en todo, para entrar al agua, o mismo para ponerme el traje; después a caballito, me deja en el agua y me arrima la tabla”.

A Estados Unidos viajó para probar un aparato nuevo y en observación científica, que podría ayudarlo a caminar. “Es como un Robocop, te metés adentro del bicho y vas dando pasos con un cuidador que te asiste. Cansa y marea, exige un lote de esfuerzo. Medio conejillo de indias, aunque si sale algo mejor, estoy en una lista…”.

Cuando no tenía clínica, “los sábados tenía rugby en silla de ruedas, está muy bueno. Y después surfeé dos o tres veces por semana. Me divertí como nene chico”.

 

 

La pasión por el surf se remonta a guacho, arrancó a los 14, cuando “no había Internet y era ir de allá para acá con la bici a ver si había olas”, recuerda sobre sus inicios en este deporte que de joven debió dejar, en parte “porque coincidía cuando jugaba al fútbol. Volví con todo a los 23, a surfear y viajar. Y desde ahí, nunca más dejé”.

 

El surf lo ha llevado a recorrer diversas costas del mundo, estuvo por España, Brasil, se metió en el Amazonas; viajó por Australia, Colombia, Hawai o Sudáfrica. En el debe, le encantaría poder ir un día a Indonesia.

– Algunas playas donde hayas ido y donde debería ir cualquier surfista sí o sí…

Greenpoint, en Sudáfrica; Parque Tayrona en Colombia, se parece en algo al Cabo Polonio, entrás caminando una hora y pico por la selva, cargás las tablas al caballo y no hay electricidad ni nada; está divino. Y Praia da Pipa y Praia Formosa; si pudiera, iría todas las veces”. Acá en Uruguay prefiere ir a surfear a playas del Este, La olla, en la desembocadura de la Garzón, en La Paloma y el Cabo, donde se queda en un rancho desde hace años.

Deportes hizo de todo: básquetbol, tenis, rugby, polo, sky, squash, kayak, además de laburar en la sección deportiva de El Espectador o El Gráfico. “Y también hice buceo, me encanta. Tras el accidente, me tiré cinco o seis veces y eso que tengo claustrofobia y asma…

Pero la facilidad siempre la tuve con el fútbol o rugby, aunque me divertía muchísimo el surf. Era donde tenía menos facilidad y donde más me divertía; igual, hoy. Me consideraba un buen surfista, que surfeaba muy mal. El surfista es un poco más que surfear la ola, es una relación con el mar, con los amigos, un respeto hacia la Naturaleza; una forma de disfrutar el mar, compartirlo y pasar bien. En eso me iba bien, en la parte de bajar la ola era bastante tronco…

Si bien bromea en serio con que el surf es simplemente una pasión para él, dos por tres sigue algún campeonato del Circuito Nacional y se sorprende cada vez que ve el vuelo de surfistas locales como el Patan” Olarte, “que la está rompiendo, o los hermanos Madrid, que andan bárbaro, y el Luisma Iturria: un crac. El nivel, en relación a cuando yo era guacho, no tiene nada que ver. Vuelan ahora. Y además: ¡la cantidad de gente que hay ahora en el agua: 20 o 30, con pendejos que la detonan!

Yo jamás podría haber competido. Al futbol sí, casi. De guacho estuve por jugar un par de veces profesional, pero mi padre no me dejó. Pasaba todo el día con la pelota. Jugué en la Liga Universitaria y unos partidos en un cuadro de la B de Paysandú. Jugaba adelante, de 9 u 11. Al fútbol siempre, hasta el accidente”.

A los 25 años se fue a vivir a Paysandú, puso un bar, hacía repartos de Norteña y hasta manejó una cancha de fútbol 5. Instalado en ese departamento del norte uruguayo, allí se le ocurrió regresar al surf. “Cuando volví, pensé: ¿Cómo hice para dejar esto tanto tiempo? Quería recuperar el tiempo perdido y urgente. Y la típica: dolor en las tetillas, los brazos; cada vez que agarrás una ola, te caés, te parás antes, esos malos humores que te agarrás… Dejé el surf de vago, pasé a ser surfista del verano, sólo en enero. El surfear un mes al año es un hobby. El surfing tiene algo que no tienen todos los deportes: agarro la tabla y voy a surfear y estoy disfrutando. Donde hay una ola, te tirás y metés alguna amistad o conversación con alguien. Ya estar flotando con la tabla, ya eso es un disfrute. Con una pelota de fútbol preciso mínimo 9 más para un fútbol 5, y jugar un Richard a mi edad, puedo jugar uno…

El deporte ha atravesado gran parte de su vida y fue también lo que lo sacó adelante. Si no hubiera sido que nací en una familia que considera que el deporte es un hobby, algo para hacer si tenés tiempo libre y sólo para la juventud… hubiera hecho mucho más. El deporte era un hobby, si todo el resto andaba más o menos bien. Y cada vez que me querían llevar por fútbol, me decían: “¿Jugador de fútbol? Terminá de estudiar… Cosa que no me sirvió de nada, hice dos años de Derecho y dejé; dos de técnico agropecuario, que no terminé, o me hacían estudiar francés y no aprendí nada.

No sé por qué está esa mentalidad acá de que el deporte es hasta los 30 años. Un tipo de 40 años jugando al fútbol, antes era raro. En Australia, el que no hace deporte, te miran rarísimo. En Australia había mentalidad de deporte: a las 11:30 se llenaba de gente los parques, cortaban a las 13:30 para ir a trabajar y 17:30 lo mismo; regresaban. Y a ellos los ves más para arriba. Va de la mano. El deporte te limpia la cabeza, hace bien; alguien que haga deporte va a pensar mucho más claro que quien no. Si estás 8 horas trabajando y con la cabeza en una cosa y no le das a esa cabeza una hora de ejercicio, no la limpiás más.

– Con lo que te pasó a vos, el hecho de estar en contacto con el mar también debe haber ayudado…

Cuando me dicen asombrados:

– Vos que te diste el palo en el agua, ¿cómo hacés pa volver…?

¡No! Al contrario. ¡Me salvó el agua! Me di el palo, pero me salvó el agua, me dio una mano justamente para poder salir.

 

Punta Colorada, Maldonado.

El accidente cayó cuando él cumplió 30 años. “Estaba con unos amigos en el único lugar que de repente veías una ola. Subí por las rocas, me tiré y básicamente me quedé remando de un lado a otro. Tomé una ola, después otra, luego un chichón, una chica, la corrí, bajé y cuando fui de nuevo, ya se había roto la ola. De pronto siento un puntazo en la nuca; Nacho y otro tipo más estaban allá, pero lejos. Era rarísimo que me hubieran pegado con la punta de la tabla, pero sentí un guascazo en la nuca fuerte, después una electricidad en todo el cuerpo y quedé parado.

Lo primero que pensé: Ta, van a pasar cinco segundos y me voy a poder mover. Y nada. Quedé flotando, quise moverme y no movía nada. Esperé un rato y pensé: Cuando pueda, agarro la tabla y sigo. Y no. Pasó un rato largo, parado en vertical en el agua. Lo único que movía eran los brazos, con los que traté varias veces de impulsarme; mientras, calculaba: Los dos de afuera que están en la camioneta deben estar mirando y los otros dos se darán cuenta; espero…

Seguí intentando con los brazos y dando cabezazos, pero ya la segunda vez que respiré, como no sabés cuándo viene la ola, tragué agua; ya estaba respirando agua. Pero seguía pensando que me iban a ver. Pero no. Entonces, me decía: Dale, una más… Una más… Y seguí dándole y dándole y me acordé cuando mi viejo, de chico, nos leyó algo sobre Hawái en la National Geographic y la foto era un acantilado, cayendo y subiendo muchos indígenas. Tenía 10 años, a los días del cuento soñé que estaba trepando ese acantilado y cuando estaba llegando arriba, estaba muy cansado y me soltaba. Me desperté con mal humor: ¿Cómo me iba a soltar…?”.

Ese día, varado y librado absolutamente al mar, sobrevino aquel recuerdo de su infancia y en milésimas de segundo se le pasó por su cabeza una corriente de impulso para el último empujón: “Bueno, si me tengo que morir, por lo menos cuando despierte en otro lado, que no sea con la sensación de que si hubiera puesto un poco más…”

E intentó de vuelta con los brazos, ya respirando tosiendo, hasta que finalmente su cara tocó la arena, tendido “como un tronco, la ola me subía y bajaba; no podía sentarme, apoyar los brazos ni nada…”, pero ya estaba en la orilla.

Llegó el perro que tenía que iba para todos lados, estuve un rato más esperando; si respiraba profundo, escupía agua, entonces respiraba cortito. Y en una sale un flaco que no conocía y le digo:

– Bo… Me muero…

Se ve que estaba bordó o algo, porque el tipo tiró su tabla y enseguida preguntó:

– ¿Qué hago?

– Poneme una mano atrás de la nuca y sacame. Vas a ver arriba un par de amigos en una camioneta negra, llamen a la ambulancia y a los viejos.

Después de la ambulancia, recuerdo la mascarita y despertarme a los días. Los doctores me dijeron que probablemente debía de tener la médula jodida de antemano y me preguntaron si no recordaba algo que me hubiera pasado antes. Y me acordé de un golpe que había tenido en la desembocadura de la laguna, antes de José Ignacio. Esa vez, bajando una ola surfeando, me había dado con toda contra el fondo, se me aflojaron las teclas, la arena se me metió dentro de la boca. Eso fue un año antes, pero no le había dado mucha bola. Me explicaron que como tenía mal la médula, entré al agua en un ángulo raro, que tampoco es común, un ángulo que hizo un efecto que torció la columna. Yo lo único que hice fue dejarme caer en una ola chica, pero justo fue en ese ángulo. Nunca hubo un golpe, ni me pegó la tabla ni nada. Un mal movimiento, que el doctor me dijo que pasaba una vez en cien mil millones de casos y que se sumaba a ese accidente anterior. Y rompí la médula, tengo sensibilidad de acá para abajo, hasta el pecho; algunos dedos no los siento, el brazo tampoco y un año estuve con la mano sin mover. Al principio, me quería sentar y no podía. Andaba con respirador, no podía hablar, levantar la mano. La primera semana escuchaba sólo a los médicos. El respirador respiraba por mí. Hasta que a la semana, empecé a sacármelo y se dieron cuenta de que podía respirar sin él. Después, por lo menos pude empezar a hablar. Al tiempo conseguí levantar un poco el brazo izquierdo. Pero no podía vestirme solo ni levantar el culo; te pesa el cuerpo.

Tuvo que volver a la casa de sus viejos, de donde se había ido a los 19 años. Parte fundamental de la recuperación fue darse cuenta de la necesidad de dejarse ayudar. “El accidente que tuve yo y otra gente no tiene arreglo hoy por hoy. Con fisioterapia podés llegar más lejos de lo normal, pero tenés que hacer muchas horas por día. Tengo la suerte de que pueden bancarme eso y gente que está al lado dándote para arriba cada vez que adelantás algo, o para darte una mano. Si no, tirás todo a la mierda. Mis viejos y hermanos hicieron como un equipo. Se ocupan hasta de investigar si se pueden hacer cosas. He tenido suerte Lo que trato es de vivir un poco mejor. En la cama te aburrís, te empieza a doler todo. Le buscás la vuelta. Yo lo hago para mi, para vivir un poco mejor. Estoy tratando de vivir, haría lo mismo si no me hubiese pasado. Pasa que como lo ven de afuera: Pa, qué la parió, cómo le mete ese tipo… Pero estoy tratando de vivir lo más feliz posible, como cualquier otro.

Aparte de repartirse entre los tratamientos, el surf y el trabajo en el campo allá en Río Negro, a veces da algunas charlas al público para contar su experiencia, con momentos de humor, cosa de descontracturar antes a la audiencia: “Porque yo veía que la gente me veía con una cara de amargura y yo no tenía ganas de amargar a nadie. Al haber poca cultura de lo que es la gente en silla, pienso que transmitirlo nos va a servir a todos los que estamos en esta situación: el hecho de que la gente vea que estamos en silla, pero que igual hacemos cosas. Comunicar un mensaje, esencialmente, de agradecer, de que no hay que bajar los brazos, darle un poco más, no hay que ser terco y dejarse ayudar. Que no se acaba ahí y que cuando vean un loco que pasa por al lado en silla, no ocurra ese pensamiento natural de:

Pa, pobre loco… No, que no sea: “Pobre, loco…”.

El loco está en la de él, tratando de darle”.

 

Después de ese día negro y durante el duro proceso de recuperación, “creí que no se podía hacer más deporte. La primera reacción fue: volver a caminar. Y después buscarle la vuelta para ser feliz. Si en el camino, camino: ta. Pero si me centro en que ser feliz es sólo caminar, le voy a errar. Empecé a hacer cosas que me divertían, y entre eso, reapareció el surfing. Fue una salvación. Ahora sí, empecé con todo. Primero sin motor, después con motor y ahora no paro más. Hace un año y medio que volví al surf”.

Hoy por hoy trata de convencer a otros para tirarse al agua. “En las prácticas de rugby en silla, he convencido a bastantes para tirarse con tabla. Insisto que yo he tenido suerte. La suerte de que mis viejos están bien económicamente y la posibilidad de hacer un lote de deportes; porque si no, no podés.

Me gustaría también mostrar que acá, en Uruguay, hay una banda de gente que tiene las mismas ganas que yo o 10 veces más, pero el Uruguay no les da posibilidad. Hay gente que también quiere, pero no puede, entonces la idea es dar una mano en eso; ahora armé el cuadro de rugby, llevaré a alguna gente a surfear. Por lo menos, ir tratando.

 

 

– Para surfear en estas condiciones físicas, ¿en algunos cosas fue como un “re-aprendizaje”?

 

– Sí, sí, cambia todo el tema de las distancias, y las posiciones, porque estás siempre acostado y apoyado en los codos, te empiezan a doler lugares que ni sentías antes, entonces implica educar de nuevo el cuerpo. Y mismo las entradas al agua, como mis patas se mueven solas a espasmos; cuando entran en frío, tienen un movimiento, movimiento. Debo hacer unos estiramientos especiales durante media hora, y si está muy frío, entrar sin tabla, que se acostumbre el cuerpo, salir y volver luego con la tabla. O al bajar las olas, tengo que usar lentes, porque las gotitas, al ir acostado, me vienen con toda a los ojos. Una cantidad de cosas nuevas.

 

A Diego Forlán lo conocí por Ale Forlán, quien me dio una gran mano. Y un día conversando, él dijo que le encantaría, que quiere surfear.. No sé si incluso no dijo que alguien lo había llevado ya a Cabo Polonio. Pero como que le gustaría, sí, empezar algún día.

 

Y es que sí, estar flotando en el mar con amigos y la sensación de estar bajando una ola… hay muy pocas cosas iguales. A estar flotando con amigos, nada. Y bajar una ola es como gritar un gol en un partido importante, con la diferencia de que en un día podés bajar 6 olas y en un partido importante harás dos por año, si hacés. Me apasiona el surf porque soy un enfermo de la Naturaleza y porque da sensaciones de gratitud; salís del agua y estás contento…”.

 

  Juan Martín Posadas en acción 

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