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DUKE

Estoy mirando una foto de Duke amarilla y cuarteada en la Sala de Lectura de la Biblioteca de Princeville, Kauai.  Vestido con un traje de baño de los tempranos 1900s, mira altivo a la cámara, su robusto cuerpo polinésico contrastado con los diminutos jueces caucásicos.  Hombros de roca, pecho esculpido en granito, brazos y piernas de koa.  Abajo, en letra manuscrita, casi ilegible, se lee:   “Olimpíadas de Antwerp”.  Duke fue quizás el último vínculo viviente  que personificó las características más prominentes de dos estilos de vida, de dos culturas acuáticas y de dos interpretaciones de un mismo juego: el he’e nalu.  Supo expresar las dos al máximo grado de excelencia

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El nombre de Duke Paoa Kahanamoku no es extraño al historial del deporte mundial.  Nació el 24 de Agosto de 1890 en el Palacio de la princesa Ruth de Honolulu.  Su padre elige su nombre, en ocasión de la visita a las islas del príncipe Alfredo, Duque de Edimburgo en 1869.

Duke Kahanamuku fue nominado como el surfista del siglo XX y es una designación indiscutible.  Para los que fuimos competidores y aún conservamos el impulso primario de arrojarnos al agua por el puro gozo que vendrá, tenemos a Duke en esa doble visión de atleta y jugador incondicional con las olas.

Duke se crió buceando y nadando en las aguas de Waikiki junto a sus seis hermanos.

De niño concurrió a dos escuelas primarias diferentes, la Waikiki-kai y la Ka’ahumanu localizadas en las cercanías de la playa de Waikiki lo que favoreció su predilección por las actividades acuáticas, en especial el he’e nalu.

En 1908, a los 18 años forma parte del equipo de fútbol (soccer) del Colegio Masculino Kamehameha y en el mismo año es miembro fundador del Hui Nalu Canoe Club, la primera institución integrada por isleños naturales.  En 1910 se enrola en la secundaria Mc Kinley.    Para ése entonces Duke era un surfista y nadador consumado. Fue uno de los pioneros de la tradición “beach boy” de Waikiki, grupo de jóvenes que trabajaban en la playa como rescatistas, guías turísticos  e instructores de natación, surfing y canoeísmo.  Prefería su tradicional tabla de madera koa, su “papa nui” de 4.80mts. de largo y 52 kilos de peso entre   todas las demás.

Enterado de las rondas clasificatorias para competir en las Olimpíadas de 1912 a celebrarse en Estocolmo, Suecia, Duke a los 21 años de edad se inscribe en las pruebas de natación a realizarse en el Puerto de Honolulu.  Para ese entonces, la intensa actividad diaria desarrollada como beach boy, había desarrollado su capacidad atlética al máximo.  Se impone en las 100 yardas libres con un tiempo récord de 55.4 segundos, superando el anterior en casi 4.6 segundos.  Los sorprendidos jueces no podían creer que el mismo nadador repetiría la hazaña en las 50 y 200 yardas libres.  Tanta fue la sorpresa que la Amateur Athletic Union (AAU), organización reguladora de los trámites olímpicos en ese país, demoró en reconocer estos dos últimos registros hasta mucho tiempo después. Algunos historiadores le acreditan la invención del batido alternado de piernas del crawl, hasta ese momento realizado con la patada tijera del estilo over

En la prueba clasificatoria definitiva de 1912, bate nuevamente el récord de las 200 yardas, para no dejar ninguna duda…Ya en Estocolmo, Duke se convirtió rápidamente en la figura preferida de los europeos.  En su primera serie de 100 metros libres puso1:02.6, nuevo récord olímpico y despegado más de dos segundos de los demás nadadores.

Y ocurre entonces una de ésas anécdotas inolvidables.  El domingo, la mesa de jueces decide adelantar el llamado de los clasificados para la próxima ronda y, al encontrarse inadvertidos el equipo de USA,  Duke, Huszagh y McGillivray, cuando se presentan, son eliminados.  No habían argumentos posibles y los tres mejores tiempos quedaban fuera de las Olimpíadas.  Cuando el competidor australiano Cecil Healy se entera y a pesar de que esta resolución lo dejaba en inmejorable posición para obtener la medalla de oro, se presenta a la mesa de jueces y les dice que si no compiten los norteamericanos, él tampoco competiría.  Rápido concilio y los señores jueces tuvieron que desandar el camino intransigente y optaron la readmisión de Duke y sus compañeros.

Como sería absurdo reintegrarlos sin marca, les hicieron competir en una serie extra el martes siguiente, con la condición que tendrían que bajar la marca del tercer puesto de las semifinales.  Duke puso 1:02.4, nuevo récord e igualando el registro mundial de Kurt Bretting con la diferencia que el alemán lo había logrado en pileta de 25 metros, donde se permitían dar tres pasos anteriores al toque del borde.  En la final y después de un fácil despegue, ganó la presea de oro sobre Healy que salió segundo.  Personalmente, creo que de manera simbólica y para representar genuinamente el espíritu olímpico, la medalla de oro debió ser otorgada a los dos.

Entre esas idas y venidas a los eventos olímpicos y las demostraciones de natación solicitadas por varias Federaciones mundiales, si la geografía del país anfitrión lo permitía, Duke trataba de iniciar a los locales en el arte del he’e nalu. En 1915 visita Australia y confeccionando una tabla con pino dulce a pedido de sus admiradores, desliza por dos horas las olas de la playa de Freshwater incluyendo una exhibición de tándem con Isabel Letham, una chica local.  A su partida regala su tablón de 9 pies al joven Claude West de Manly.  Quedó sembrada la semilla del actual y excelente surfing australiano.

Un hecho, relatado por los asistentes de esa demostración, pinta a Duke de cuerpo entero.  De vuelta en la arena y mientras se secaba, alguien le pregunta:   “Y Duke, los tiburones, ¿no te dieron problema?”.  La costa Down Under fue y es famosa por los ataques fatales de los escualos, razón que motivó a muchos Municipios a proteger sus playas con gigantescas redes submarinas.  Duke, conocedor del tema y mostrando humor pero a su vez un humilde tacto político, contestó:   “No, ellos no me dieron problema y yo tampoco a ellos”.

La Primera Guerra Mundial le roba a Duke otra oportunidad aúrea pero en 1920, a los 30 años, clasifica junto a su amigo de la playa Waikiki, Pua Kealoha para Amberes y juntos regresan a Hawai con las medallas de oro y plata respectivamente.  Para ese entonces Duke había obtenido un nuevo récord de 1:00.4 y era el atleta más longevo en obtener el primer podio en las Olimpíadas.

En 1922 aparece en escena Johnny Weismuller, el famoso “Tarzán”, convirtiéndose en el primer nadador en bajar el minuto de los 100 mts. libres, 0:58.6.  Los Juegos Olímpicos de París de 1924 se acercaban y Johnny con 20 años; Duke y su hermano Samuel son designados al evento.  Duke, con sus 34 años llega a la final y obtiene la medalla de plata.  Samuel con 19 años, la de bronce.

En 1932, durante las Olimpíadas de Los Ángeles es nombrado como integrante del equipo alternativo de Waterpolo que logra la medalla de bronce.  Tenía 42 años.  Fue uno de los atletas olímpicos más longevos de la historia.

“Tarzán” Weismuller lo relaciona con el ambiente de Hollywood y trabaja esporádicamente como extra en varios filmes.

Como nativo polinésico, orgulloso y consciente de sus raíces, irradiaba cordialidad donde fuera.  Entrevistado cierta vez, sobre la particular preferencia que le otorgaban los anfitriones al invitarlo a diferentes eventos, dijo:   “Traten a la gente con aloha y se sorprenderán de cómo reaccionan.  Yo lo creo y es mi credo.  ¡Aloha para Ud.!”  Me imagino que si la pregunta salió de un anglosajón, con su tradicional idiosincrasia fría y austera de relacionamiento social, el final de la respuesta debió ser impactante.  Aloha, para Duke, no era una frase convencional generalizada utilizada para quedar bien en público, sino que era calurosamente comunicada a cada interlocutor.

Personalmente creo que descontando las incontables diferencias de perfiles sicológicos que presentamos como humanos, existe un lenguaje que siempre llega y nos une: el afecto.  Aun el más duro de los hombres entiende el calor que emana de un corazón auténtico y una vez percibido, se verá influenciado y transformado por su energía.

Pero quizás ésta sea la experiencia que más represente su carácter.  En 1925, a los 35 años, mientras surfaba con Gerald Vultee y Oliver Hale en Newport Beach, un mar embravecido hacía naufragar al desprevenido yate “Thelma” de 12 metros de eslora, comprometiendo seriamente a sus 17 ocupantes.  La muchedumbre que comenzaba a reunirse en la costanera presenciaba paralizada lo que seguramente iba a finalizar en tragedia.

Súbitamente, una figura fornida se desprende del grupo, tablón en mano, salta a la arena, atraviesa rápidamente la playa y se lanza decididamente al agua.  Sus amigos los siguen.  Las olas eran tremendas.  Frías, altas, borrascosas.  Esas que abren las bocas y engullen todo a su paso.  Esas oscuras, de lomos atigrados por la resaca y el lodo, las que martillan y trituran sin preguntar a quién y adónde.  Eran diferentes a las de su verde Hawai, en las que se crió con sus hermanos Sam y Sargent, las que rodaban azules en la ensenada de Waikiki debajo de palmas y cocoteros.  Duke conocía las gigantes también, las del outer reef de Kalahuewehe que sólo él y dos o tres más se animaban a correr.

Pero éstas eran diferentes.  Machacaban sin misericordia a los surfistas haciéndolos retroceder, sus brazos como pistones mordían el agua y poco avanzaban después de cada arremetida.  Finalmente, estuvieron al lado de la embarcación dónde gritos aterradores y manos crispadas se aferraban a los restos que flotaban.  Con los ojos pintados con la sombra de la muerte, uno a uno se fueron animando con la ayuda del polinesio a llegar a tierra firme.  Recias continuaban las olas y el viento, pero recias como las rocas, duras como el koa de su isla natal, eran a su vez las brazadas y el carácter de Duke que pudo llevar, después de tres entradas, ocho náufragos a la salvación.  Sus compañeros arrastraron cuatro.

Duke, parado en la orilla, muerto de frío y cansancio, miró el agua negra y a los que ya no iban a volver.  Oliver y Gerard boqueaban exhaustos en la arena.

En esos momentos de incertidumbre, donde uno está parado en el valle de la extenuación, donde cada músculo dice, ‘ya está, diste todo, no puedo más’, dónde la potente voz de la auto-preservación nubla cualquier lógica, anuda el corazón y las piernas, intuyo, y es una suposición personal que nace de mis años de Guardavidas, quizás Duke sintió otra voz, tenue pero firme a la vez, tejida en el lejano pasado de las cofradías polinesias y que escuchó a menudo de sus padres, sus maestros y amigos de la playa y que repetían cada vez que salían a deslizar las gigantes del tercer arrecife en las afueras de Waikiki.

“Malama  Kekahi I Kekahi”… “Malama  Kekahi I Kekahi”… “Cuida a uno, cuida a todos”.

Aprieta los dientes y solito, como en las finales olímpicas, se larga nuevamente a recoger los cuerpos de los cinco restantes.  Ésta vez la victoria tuvo un gusto amargo.

Leí este relato en los años ’60.  Pensé que habría algo de leyenda.  Treinta y cinco años más tarde, confirmé los detalles en la Biblioteca de Princeville, Kauai.

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De Duke Paoa Kahinu Mokoe Hulikahola Kahanamoku, todo lo creo.

Aloha Duke!!!